El fenómeno ocurre durante el cortejo: los machos vuelan emitiendo destellos rítmicos y las hembras, posadas, responden con su propia luz. En Photinus palaciosi esos parpadeos llegan a sincronizarse, y miles de luciérnagas encienden y apagan su luz casi al unísono, creando olas luminosas que recorren el bosque.
En las hectáreas mejor conservadas de Amecameca se han llegado a estimar hasta 240 mil luciérnagas por hectárea. La luz es tan delicada que cualquier resplandor artificial —una lámpara, un flash, una pantalla— "borra" sus mensajes y rompe el encanto. Por eso el silencio y la oscuridad son parte del espectáculo.